jueves, 24 de febrero de 2011

La ventana

Hoy os pongo un cuento, una anécdota o leyenda que circula por la red desde hace tiempo pero que me parece muy apropiada para reflexionar un poco. ¿Seríamos capaces nosotros de hacer lo mismo?............, el cuento dice así:

Dos hombres, gravemente enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital. Uno de ellos tenía que sentarse en la cama durante una hora cada tarde a fin de evacuar las secreciones de los pulmones. Su cama estaba al lado de la única ventana de la habitación. El otro hombre tenía que pasar los días acostado sobre la espalda.

Los dos compañeros de infortunio hablaban durante horas de sus esposas y sus familias, describían sus casas, su trabajo, recordaban su servicio militar y los sitios donde habían estado de vacaciones. Todas las tardes, cuando el hombre que estaba cerca de la ventana podía sentarse, se pasaba el tiempo describiendo a su compañero de habitación todo lo que veía a través de la ventana.

El hombre de la otra cama disfrutaba durante una hora de lo que le describía su compañero mientras miraba por la ventana. Le contaba que desde la ventana de la habitación la vista era de un hermoso parque con un bonito lago en el que los patos y los cisnes jugaban en el agua mientras los niños hacían navegar a sus pequeños barcos de modelismo. Las flores reflejaban los colores del arco iris. Grandes árboles se repartían por todo parque y a lo lejos se veía la silueta de la ciudad. Mientras que el hombre que estaba junto a la ventana describía todos estos detalles, el hombre de la otra cama cerraba los ojos e imaginaba la escena descrita.

Una tarde el hombre que estaba junto a la ventana le describió un desfile que pasaba por allí. Aunque el otro hombre no podía verla ni escuchar la orquesta, cerraba los ojos y lo imaginaba tan real que le parecía estar viéndolo en primera fila.

Pasaban así los días y las semanas y cada vez el hombre que estaba junto a la ventana le contaba un acontecimiento distinto a su compañero de habitación de tal manera que éste estaba ansioso de que llegase la hora de mirar por la ventana.

Una mañana, a la hora del baño, la enfermera encontró el cuerpo sin vida del hombre que estaba junto a la ventana. Había muerto tranquilamente mientras dormía. Entristecida, llamó a los celadores para que vinieran retiraran el cuerpo.

El otro hombre pidió si podían cambiarle a la cama que estaba junto a la ventana. La enfermera, le acomodó en la cama junto a la ventana y le dejó solo. Lentamente, el hombre se fue incorporando muy poco a poco, apoyándose sobre el codo para echar su primer vistazo por la ventana y así vería por si mismo todas las maravillas que su amigo le había descrito durante tantos días. Finalmente consiguió erguirse lo suficiente para mirar por la ventana y su sorpresa fue mayúscula cuando todo lo que vio fue:…… ¡un muro blanco!

El hombre apesadumbrado preguntó a la enfermera porqué su compañero de habitación, le había descrito una realidad que no era tal.

La enfermera le respondió que el hombre era ciego y no podía ni siquiera ver el muro, lo más probable es sólo pretendiera animarle y hacerle más llevadera su enfermedad.

Que poco trabajo cuesta ser amable con los demás y que difícil nos resulta hacerlo. Estamos jugando en la ruleta de una sociedad cada vez más desnaturalizada, en la que cada uno «va a su bola», como se suele decir, y el que tenemos al lado, si no nos toca de cerca, nos importa bien poco……………..una pena pero es así.

Foto: La ventana

martes, 15 de febrero de 2011

Una genialidad de Pío Baroja

Corría el año 1904 y aquella tertulia, que había abierto el gallego Ramón María del Valle-Inclán en el Nuevo Café de Levante, hervía por las noches con la flor y nata de los intelectuales de la Generación del 98 y los artistas más significados, entre ellos Ignacio Zuloaga, Gutiérrez Solana, Santiago Rusiñol, Mateo Inurria, Chicharro, Beltrán Masses o Rafael Penagos.

Y aquella tarde noche del 13 de mayo de 1904 el que sorprendió a todos los presentes fue Pío Baroja. Porque cuando se estaba hablando de los españoles y de las distintas clases de españoles, el novelista vasco sorprendió a todos y dijo:


“La verdad es que en España hay siete clases de españoles… sí, como los siete pecados capitales. A saber:


1) los que no saben;

2) los que no quieren saber;

3) los que odian el saber;

4) los que sufren por no saber;

5) los que aparentan que saben;

6) los que triunfan sin saber, y

7) los que viven gracias a que los demás no saben.

Unamuno y Benito Pérez Galdós aplaudieron a Baroja. Sobre todo por el último punto, el que dice “los que viven gracias a que los demás no saben”. Estos últimos se llaman a sí mismos “políticos” y a veces hasta “intelectuales”.

O sea, que ayer como hoy, y hoy como ayer, los políticos españoles nunca tuvieron buena imagen. Genial Baroja. De verdad.

Foto: Pío Baroja

domingo, 13 de febrero de 2011

La barbarie humana

Esta semana nos hemos sobrecogido con una terrible demostración de que la barbarie humana no tiene límites. La noticia a la que me refiero proviene de Bangladesh, un país que, continúa anclado en la Edad Media en pleno siglo XXI, es capaz de condenar a una menor de catorce años a recibir cien latigazos porque, supuestamente, tuvo relaciones sexuales con su primo, de cuarenta años, casado.

La terrible noticia viene de una aldea del distrito de Shariatpur en la que las autoridades locales acudieron a “la ley islámica”, y a un tribunal de ancianos de la comunidad, para resolver una denuncia presentada por la esposa de un hombre de cuarenta años. Esta mujer denunció que su marido tenía relaciones con la prima, menor de edad.

El “jurado”, presidido por un clérigo, decidió que tanto la joven como su primo debían recibir un castigo de cien latigazos con cañas de bambú, por la supuesta relación que mantenían. El castigo se llevó a cabo como habían sentenciado, y las heridas ocasionadas a la muchacha fueron tan terribles que tuvieron que hospitalizarla, muriendo unos días después de sufrir el castigo.

Para más inri, medios locales informaron que, además la sanción incluía una multa de setecientos euros al padre de la joven.

Según parece hay cuatro detenidos por estos desagradables hechos, incluidos el clérigo que la juzgó y la denunciante que es la esposa del primo de la joven. Hay unos catorce implicados más, incluido el primo del que no se tiene ninguna noticia. La jóven se llamaba Mosammet Hena.

En fin, como podemos ver la barbarie humana no tiene límites y , una vez más, se cobró la vida de una joven de una manera salvaje, basándose en no sé qué tipo de justicia tiene esta gente intransigente, intolerante, salvaje, cruel, asesinos al más puro estilo medieval, paladines de los más bajos instintos humanos.

¿De verdad que esa es una cultura de este siglo?, yo creo que no y si estoy equivocado que me lo expliquen de manera que lo entienda. ¿Hasta cuándo va a durar esta barabarie?

Foto: Mosammet Hena

jueves, 10 de febrero de 2011

Los escojuranderos

Los esconjuraderos son pequeñas construcciones de origen medieval típicas del Pirineo, sobre todo del Pirineo aragonés, aunque también se pueden encontrar en algunos valles de Cataluña y el Pirineo francés.

Se construían cerca de la iglesia del pueblo, especialmente de las ermitas, y son edificaciones generalmente cuadradas, aunque las hay también circulares, y en ocasiones tienen una cruz encima de la techumbre o dentro del edificio de piedra, y con cuatro aberturas orientadas a cada uno de los cuatro puntos cardinales.

Muchas veces los hemos visto y nos hemos preguntado: ¿Para qué servían estas sencillas construcciones?

Pues bien, los esconjuraderos se usaban para esconjurar o conjurar cualquier tipo de mal que acechara al pueblo y lo mismo servía para un mal de ojo que para una maldición o para alejar a la peste. Pero su principal uso, para lo que se recurría con más frecuencia, era “ahuyentar tormentas”.

En cuanto por lontananza se divisaban negros nubarrones que pudieran traer tormenta, el pueblo entero, con el párroco a la cabeza, se protegían en el esconjuradero y, desde allí, comenzaban a conjurar a la tormenta para que alejara de ellos el temido granizo que arruinaría sus cosechas.

El rito no era muy complicado. Unas plegarias a Santa Bárbara, protectora de las tormentas, una rociada de agua bendita contra las nubes negras por parte del cura y un conjuro en forma de palabras mágicas. Había que tocar todos los palos posibles para evitar que el cielo cayera sobre sus cabezas.

Hoy se conserva una de esas fórmulas que el mosén gritaba en San Vicente:

“Boiretas en San Bizien y Labuerda: no apedregaráz cuando lleguéz t’Araguás: ¡zi! ¡zas!”

Foto: Esconjuradero situado junto a la iglesia románica de San Vicente de Labuerda Huesca.